En el cruce de los caminos, donde la tierra se abre en duda y memoria, se alza el cruceiro como un centinela de piedra. La mañana aún no ha decidido si será sol o niebla, y mientras duda, todo se vuelve sagrado.
El cruceiro, mojado por el rocío de la noche, brilla con humildad. El musgo que lo abraza no es decadencia, sino testimonio. La cruz en lo alto, con el Cristo de brazos abiertos, no impone: acoge. Mira hacia el este, donde el sol intenta romper la bruma como quien busca una salida entre recuerdos.
Los caminos que se cruzan no tienen nombre, pero guardan huellas. Unos van hacia la aldea, otros hacia el monte, y todos pasan por aquí, como si la piedra pidiera permiso antes de continuar. Hay huellas frescas en el barro, un silencio que suena a rezos antiguos, y un mirlo que canta sin saber que canta para los muertos y los vivos.
El cruceiro no habla, pero recuerda. Es altar y encrucijada, promesa y despedida. A sus pies, alguien dejó una flor marchita, un trozo de pan, o quizás una pregunta. Y mientras el sol se atreve a abrirse paso entre las nieblas, la piedra permanece, como quien sabe que todo camino es ritual. (Del libro Galicia queda al norte en el blog falogalego.com) (1994-2026)
