Desde el mejor banco del mundo, en Loiba, no se contempla el paisaje: se escucha. El mar no es azul, es un rumor antiguo que se arrastra por los acantilados como una lengua de saudade. Las olas no rompen: susurran secretos que solo entienden los que han perdido algo. Y el viento, ese viento gallego que no acaricia, sino que interroga, se cuela por los poros como una pregunta sin respuesta.
Uno se sienta en ese banco y deja de ser turista, deja de ser cuerpo. Se convierte en memoria. En eco. En niño que corre por las tierras gallegas, en adulto que silba mirando al mar, en madre que reza para que todo siga igual. El banco no es banco: es altar. Es confesionario. Es palco de la emoción.
Allí, el tiempo no avanza. Se curva. Se detiene. Se vuelve infancia, se vuelve canción, se vuelve lágrima que no cae, pero pesa. Y uno entiende que Galicia no es tierra ni idioma: es herida dulce, es abrazo que raspa, es poema que no se escribe porque ya está dicho en cada piedra, en cada nube, en cada silencio.
Desde ese banco, uno no mira el horizonte. Lo recuerda. (Del libro Galicia queda al norte en el blog falogalego.com) (1994-2026)
