Dicen que en Galicia llueve más que en ningún otro lugar, pero quienes la conocen de verdad saben que la lluvia no es solo un fenómeno meteorológico: es un estado del alma. Galicia llueve por dentro, incluso en agosto, incluso cuando el sol se atreve a posar su luz sobre los hórreos y las playas de agua fría. Llueve en la memoria, en la forma de mirar, en la manera de caminar despacio, como si cada paso fuera una conversación con la tierra.
La lluvia interior gallega no empapa, pero cala. No moja la ropa, pero humedece los pensamientos. Es una lluvia que acompaña, que no interrumpe, que no exige paraguas. Es la lluvia que hace que uno se detenga a escuchar el rumor de un río aunque no tenga prisa, o que mire el horizonte del mar como quien busca una respuesta que no necesita encontrar.
En Galicia llueve por dentro porque el paisaje se cuela en las personas. Los bosques de eucaliptos que suspiran con el viento, las carballeiras que guardan secretos centenarios, los caminos de piedra que parecen haber sido puestos allí para que nadie olvide de dónde viene. Todo eso se filtra, sin pedir permiso, en el carácter de quienes nacen o se quedan. Y también en quienes pasan solo un verano y descubren que, sin saber cómo, ya no podrán marcharse del todo.
La lluvia interior es también una forma de resistencia suave. Galicia ha aprendido a convivir con la niebla, con la bruma que borra contornos y obliga a afinar los sentidos. Esa misma bruma se instala en el corazón y enseña a mirar más allá de lo evidente. Por eso los gallegos tienen fama de responder con otra pregunta: no es indecisión, es una manera de abrir posibilidades, de no cerrar caminos antes de tiempo. La lluvia, incluso la que no cae del cielo, enseña paciencia.
Pero no todo es melancolía. Galicia llueve por dentro porque también llueve alegría. Una alegría que no hace ruido, que no necesita grandes gestos. Es la alegría de una mesa compartida, de un plato de pulpo que humea sobre el mantel de papel, de una conversación que empieza hablando del tiempo y termina hablando de la vida. Es la alegría de una romería que se alarga hasta que el cuerpo dice basta, o de un paseo por la playa cuando el viento obliga a sujetarse la capucha con las dos manos.
La lluvia interior gallega tiene un ritmo propio. A veces cae fina, como un recuerdo que vuelve sin avisar. A veces arrecia, como un abrazo que uno no esperaba. Y otras veces se detiene, dejando un silencio que no es vacío, sino descanso. En ese silencio, Galicia respira. Y quien la escucha, también.
Quizá por eso tantos viajeros sienten que Galicia los mira. No con ojos humanos, sino con la mirada de sus montes, de sus rías, de sus aldeas que parecen resistir al tiempo. Galicia observa, reconoce, acoge. Y cuando uno se va, la lluvia interior se queda, como un pequeño faro encendido en algún rincón del pecho.
Porque Galicia llueve por dentro, sí. Llueve en forma de nostalgia, de ternura, de calma. Llueve en forma de historias que se cuentan al calor de una lareira, o de silencios que dicen más que cualquier discurso. Llueve en la manera de querer, de recordar, de volver siempre, aunque sea solo con el pensamiento.
Y quien ha sentido esa lluvia, aunque sea una vez, sabe que no se seca nunca del todo. (Del libro Galicia queda al norte en el blog falogalego.com) (1994-2026)
